Un fenomenal disco de retorno a la escena no basta, al menos para una banda que nunca estuvo en la cúspide de la popularidad. La vuelta debe venir acompañada de un retorno al trabajo más a largo plazo, de una nueva carrera a consolidar.
Así lo deben haber entendido los holandeses Vengeance, y con un bombazo como "Back In The Ring" (2006) cosechando todavía las mejores críticas, no se han dormido en los laureles y han corrido a presentar "Soul Collector". Bien, puede que ya no se pueda contar con el "factor sorpresa", ni con ese plus de atención que suelen recibir los retornos, además de que seguro el nuevo álbum será calificado con el típico "no llega al anterior" -que no sea tan directo y aguerrido y sí algo más melódico lo hace propicio al comentario- pero como mínimo va a conseguir que se siga hablando de la banda, probablemente más (y mejor) de lo que se había hecho nunca, incluyendo su primera etapa en los 80s.
Misión cumplida, entonces, y un trabajo entretenido, de los que gusta, quizá sin mayores pretensiones, al público hardrockero. Después de todo, Vengeance se han movido siempre, por decirlo de alguna manera, en el "estándar" (un poco de AC/DC, algo de Accept, un punto más accesible del hard rock ochentero...) y entendiendo que a estas alturas no van a salir de este público (no nos engañemos, la proyección actual del género no da para mucho más)¿a quién no le gustan estas influencias?
Dejemos a "Back In The Ring" que quede entonces para la historia, que lo merece, y pasemos un buen rato ahora con "Soul Collector".
No será la primera vez –ni la última- que nos encontramos con uno de estos “discos malditos” justo después del gran “bombazo” de una discografía. Será porque el éxito no siempre ayuda al talento, puede que porque estos trabajos suelen venir con aquel clásico “no llega al nivel del anterior” puesto de fábrica, o sencillamente porque el no cumplir con unas expectativas de ventas, puestas demasiado arriba como para repetirlas, los marca como un fracaso comercial que, sin embargo y aunque a veces nos olvidemos, no tiene por qué serlo también en lo musical.
En el caso de Meat Loaf, la “maldición” de “Dead Ringer” estaba echada desde que “Bat Out Of Hell” acabara por arrollar el mundo de la música de arriba a abajo. Hay quien dice que con un exitazo como ése entre manos, Marvin L. Aday se relajó –“se dio a la mala vida” añadirían algunos- y se decidió a tomarse un tiempo de vacaciones. La discográfica, sin embargo, viendo el tirón del invento de Aday y Steinman, no tragó con demoras y quiso sacar un segundo disco.
Steinman trabajaba en nuevo material, pero cuando Marvin intentó volver a la actividad tras ese parón se encontró con sus cuerdas vocales afectadas. Achaquémoslo a esa “mala vida” que decíamos. En el aprieto y con el vocalista abandonando, Steinman finalmente publicó "Bad for Good" bajo su propio nombre, y a pesar de que la discográfica añadió un llamativo “del creador de Bat Out Of Hell” la cosa no funcionó tan bien como se esperaba. Era necesario un disco de Meat Loaf.
No sin esfuerzo del cantante, lo tuvimos: “Dead Ringer” salía en breve aprovechando los temas que Steinman había escrito durante la época de éxito de “Bat Out Of Hell” y que nunca habían entrado a grabar. Pero la cosa no se había acabado de torcer todo lo que podía. En nada, hubieron dos discos a la vez, el de Steinmann y el de Meat Loaf, compitiendo en las tiendas y en las campañas de marketing –algo que llevó a que surgieran los problemas entre los dos socios, y a su conocida separación- y las ventas del segundo se resintieron. Unido a su caótica situación personal, la bajada comercial llevó al orondo vocalista a la ruina.
Hablar de la bajada de ventas de “Dead Ringer”, eso sí, resulta engañoso. El disco fue número 1 en UK, y tuvo tres singles de éxito, encabezados por aquel célebre “Dead Ringer For Love” en el que cantaba como artista invitada –otra de las maniobras comerciales de la disquera- Cher.
Así las cosas, lo de “fracaso”, sólo se puede explicar recordando que “Bat Out Of Hell” había sido, y es todavía hoy, uno de los discos más vendidos de la historia de la música. Y –reivindiquemos su valía- si aquel disco funcionó, “Dead Ringer” no debería haber merecido mucho menos. Misma fórmula –rock’n roll, pianos, aires de divertido y casi bailable musical, baladas, algunas guitarras más pesadas y mucho protagonismo vocal- y resultado más que notorio. Pero ¿cuánta gente habrá que disfrute del aclamado disco del ’77 y ni haya dado una oportunidad a “Dead Ringer”? Para pensárselo.
Su discográfica debió pensar que no merecía la pena apostar por la distribución de un disco debut tan americano en Europa, y a pesar de que su lanzamiento fecha del verano del 2006 en los USA poco hemos visto de Black Stone Cherry por estas tierras hasta tiempo después. Pero parece que se van arreglando cuentas pendientes y por muy debut que sea “Black Stone Cherry” ya ha dado suficiente nombre en los Estados Unidos a este grupo y ha demostrado el suficiente empaque para que, por lo menos los más aficionados al hard rock de pura “tradición yanqui”, lo estén considerando también aquí como un futuro clásico del género.
Es cierto, eso sí, que no se trata de un disco “tradicional”, sino que lo de “hard rock americano” es en este caso es un término que se extiende ampliamente para recoger todo tipo de sonidos en una fórmula única y original que, probablemente, es la responsable de los elogios que han recibido (y dicho sea de paso, de las críticas de los más puristas).
De Lynyrd Skynyrd a Metallica, pasando por Soundgarden o Pearl Jam, muchas son las influencias que se les han otorgado para describir su rock potente, denso, rudo y de orientación metalera, empapado además de melodías de corte sureño. Zakk Wylde y su “Pride And Glory”, por ello, podría ser la referencia a la que se les podría acercar si se tratara de resumirlo en un solo nombre (de hecho hasta la voz guarda cierto parecido), pero estos cuatro chicos de Kentucky parecen muy a gusto también en terrenos más heavys y pesados.
Sea como sea, han conseguido que esta naturaleza ecléctica no se presente como una excentricidad sino, más bien al contrario, quede representada en un conjunto extremadamente sólido y –mérito doble- homogéneo aunque para nada muy accesible. Vista la orientación de su segundo disco ya publicado, quizá esto último es algo que han querido cambiar a favor del calado que pueda tener en los medios, pero la escucha atenta de los dos discos dice a las claras que es el disco debut el que derrocha tal personalidad y fuerza que acabará convertido en cita obligada cuando años allá se repasen los clásicos que dejó esta década. A golpe de fuerza nos lo aseguran “Rain Wizard” -abajo en directo- o “Crosstown Woman”, junto a todo un listado de temas que machaca una y otra vez, así como la sencilla magia de momentos de respiro como “Hell And High Water”. Hagámosles caso.
Muchas de las más grandes bandas han pasado épocas “complicadas”, pero sólo algunas han podido entonces seguir publicando grandes trabajos, más allá de problemas como la inestabilidad en la formación o el olvido de los medios. Si hay un ejemplo claro de este caso, ése es el de Black Sabbath en su época post-Dio: tanto en la incertidumbre por el futuro de un grupo en descomposición y sin más referencia que T.Iommi como en el desprecio que ha sufrido históricamente, supone desde su primer intento con Gillan hasta su etapa con T.Martin a las voces todo un camino de lo más tortuoso. Pero hasta dentro de esta época de grandes “discos malditos” se puede destacar a un álbum concebido y publicado en circunstancias especialmente extrañas: “The Eternal Idol”.
Para situarse un poco: tras un “Seventh Star” que ni siquiera iba a salir publicado bajo el nombre de Black Sabbath, el bajista Dan Spitz parece adquirir peso en la nueva e inestable formación y presenta a Iommi –aunque se dice que el que lo llevó ante el guitarrista fue la novia de Spitz- a un cantante llamado Ray Gillen. Se le hace una prueba a escondidas de Glenn Hughes, que había cantado en el disco anterior y participaba en el tour, en el mismo autocar de la gira. Gillen termina sustituyendo a Hughes en la gira y sobre la marcha y con la sangre nueva se componen nuevos temas de los que se conservan varias demos (bajo estas líneas se puede escuchar la del tema del título, comparada con el posterior resultado definitivo), pero las cosas no funcionan internamente y Spitz es sustituido por Bob Daisley, con lo que Gillen, su recomendado, se molesta y de paso Eric Singer, el batería, se le une en el desencanto por del descalabro que por entonces era Black Sabbath. Ellos dos se unen al margen para comenzar una nueva andadura que acabaría por llamarse Badlands y primero Gillen, que deja a Iommi, Singer y Daisley junto al teclista Geoff Nicholls grabando un disco ya casi preparado sin nadie para cantar en él, y luego Singer, abandonan definitivamente. Para colmo, Daisley tampoco ve futuro en el asunto y huye de una banda por entonces maldita. Para salir del paso, Iommi recluta a un conocido, Tony 'The Cat' Martin, que cantaba en la banda AOR Alliance para que grabe las voces del álbum y, a fin de cuentas, este es el momento en que por fin le sonríe la fortuna: Tony Martin acaba por ser el abanderado de la tercera gran época de Black Sabbath, siendo el frontman del veterano grupo ya durante años.
The Eternal Idol (Ray Gillen)
The Eternal Idol (Tony Martin)
La alianza daría muy buenos resultados en la composición y a pesar de la falta de popularidad de esta era T.Martin ha acabado por ser reconocido como el magnífico vocalista que es, siendo muchas veces comparado en estilo con el mismísimo –y protagonista de la anterior “gran época sabbática”- Dio, pero “The Eternal Idol” había sido preparado con otros planteamientos –Martin se encontró ya un disco compuesto- y el resultado tiene ese punto de particularidad y variedad anterior a lo más asentado de los dos discos posteriores, lo que suma sin embargo un valor en “rareza” que lo coloca entre los más notables discos “de culto” y para nada resta en calidad. Es Black Sabbath, al fin y al cabo, y esta vez con momentos para el gusto de los amantes de la época de Dio, de Ozzy y hasta de algo más allá.
Llegó nada más empezar, pero para muchos el gran acontecimiento de la década será la vuelta al metal –a “su” metal, y por todo lo alto- de Halford. Nos hemos vuelto a acostumbrar a verle entre cuero y tachas e incluso al frente de Judas Priest, pero hay que recordar que no siempre fue así, y que en un momento dado, “Resurrection” supuso la más grande ilusión posible para gran parte de la “parroquia” –y nunca mejor dicho- metalera de siempre. “El disco que Halford nunca llegó a grabar con Judas Priest”, “el verdadero sucesor de Painkiller”, o hasta “¿el mejor disco de ‘Judas Priest’?” fueron comentarios habituales en el 2000, convirtiéndose el Metal God de nuevo en referencia mediática dentro de un panorama en el que sólo se le pudo comparar en importancia la noticia del disco de la vuelta de Dickinson a Iron Maiden.
Sí, el gigante ausente buena parte de los 90s, Judas Priest, ya había reencauzado su carrera sin él, pero pocos habían aceptado esa evolución (¿sustituir al “Dios”? ¿Priest sonando “actualizados”?) y el regreso de Halford a sus raíces (¿quién quiso acordarse de que en su “evolución” hasta ese punto se había ido mucho más lejos que los propios Priest?) fue algo así como la vuelta del hijo pródigo y a la vez una colleja a sus ex compañeros. Todo se olvida pronto, y todos teníamos ganas de volver a escucharle escupir los tópicos de siempre entre riffs afilados como cuchillas. Él sabía lo que le convenía y dejó claro que había “resucitado” de nuevo el espíritu de Priest. Nada de medias tintas, “Resurrection” era premeditadamente “el disco de Judas Priest”, y consiguió con él uno de los mejores resultados posibles para un trabajo que pretenda moverse en esos parámetros del heavy metal. Efectivo, directo, potente, y sólo algún guiño más melódico y denso que apuntaría para donde de verdad le apetecía tirar y que, por otro lado, con el siguiente “Crucible” se nos enseñó como una línea interesante –si bien no tan “segura” para el público- que de momento parece haber quedado cortada.
Pero el primer paso estaba dado y las cosas empezaron a girar como todo el mundo esperaba y la mayoría deseaban: pronto se dijo que con Halford en ese camino no tenían sentido “dos versiones diferentes de Judas Priest”, que Halford quería voler a su cuna y finalmente... que estaba hecho: Judas Priest reunidos y dispuestos a hacer como si nada hubiera pasado en una década. Especulaciones sobre los intereses del evento al margen, su nueva carrera ha acabado demostrando, afortunadamente, que la cosa iba en serio y que podían volver a sentirse tan fuertes como equipo para incluso probar caminos nuevos y más complicados en todos los sentidos.
No hay duda, el pistoletazo de salida lo puso el Metal God con su resurrección, secundado con el gran trabajo en la producción de Roy Z (que también firma la composición de hasta 8 temas junto al protagonista del disco) y a los instrumentos (y también ayudando en la composición) de P.Lachman, M.Chlasciak y B.Jarzombek. Incluso muchos dirán hoy que ese pistoletazo fue en definitiva el disparo más afortunado que se ha dado desde entonces. Para el que se quedara colgado desde “Painkiller”, para el que buscara viejas sensaciones o, en definitiva, si lo que se quiere es heavy metal, poco más se puede pedir: uno de los discos de la década.
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