La escisión de Topo del seno de Asfalto en 1978 había dejado
tocado a uno de los grupos pioneros del rock duro y el rock urbano en España
cuando parecía en pleno despegue. Esa salida y el consecuente establecimiento de
Topo como, posiblemente, el primer grupo puramente de rock urbano estatal había
hecho que la banda se volcara hacia otro de los estilos con los que coqueteaba
desde sus inicios a mediados de los 70s: el rock progresivo.
Sin embargo, dos discos más tarde y entrados los 80s se
habían hecho evidentes el declive de este género y la necesidad de otra
reinvención. Pero tras probar suerte en 1981 con un enfoque más comercial que
podría haberlos metido en la liga de otros grupos rockeros cercanos a “La
Movida”, el escaso éxito de público parecía querer enterrarlos definitivamente.
La reacción del grupo fue contundente: abrir su propia
disquera, “Snif”; fichar a Miguel Oñate como cantante para que relevara en
buena parte de las voces al también guitarra Julio Castejón y centrarse en esa
otra de sus raíces que sí parecía acogerles con agrado: el rock duro.
Mientras que el panorama progresivo español casi había
desaparecido y el pop-rock los ignoraba, miembros de Leño o Barón Rojo
reconocían a Asfalto como el grupo que les había abierto camino.
Todavía con aislados ecos progresivos que se pueden
encontrar, especialmente, en algunos arreglos de teclado, “Más que una
intención” llegaba en 1983 como una apuesta fuerte, lanzándose incluso en un
formato, el video-LP, que no tenía precedente en España.
Inauguraba así la segunda gran etapa del grupo, la del rock
duro de los 80s, en la que –sin ser una banda que se pudiera llamar
completamente “heavy”- se codearía con las grandes bandas del heavy rock
español de la época. De hecho, varios de los temas de este disco se harían
populares entre la generación de Barón y Obús y habituales de aquellos
recopilatorios que nos presentaban a “los grandes del heavy español”.
Sin ser un trabajo completamente redondo fue un disco
decisivo en su carrera y un clásico del rock duro español en el que se pueden
encontrar temas en su día tan famosos como “La Paz es Verde” o “Más que una
Intención”.
Imprescindible para fanáticos del heavy rock estatal de
aquellos años.
1972 había sido un año intenso para Blue Öyster Cult. El
grupo había girado con Alice Cooper y la intensidad y teatralidad de los shows
que habían compartido les había servido para encarar de otra manera la
grabación de su disco homónimo, dándole mayor empaque a su carácter psicodélico
y a ese espíritu de jam band que arrastraban desde su pasado como Soft White
Underbelly. Pero la evolución no había hecho nada más que empezar.
En esa época, el grupo vivía en una especie de comuna hippie
cuyo centro era el escritor Sandy Pearlman, letrista del grupo desde sus
inicios y como tal miembro no oficial pero siempre reconocido por sus
compañeros. Pearlman se encargaría de dirigir también al grupo como manager
durante gran parte de su carrera, y en esta faceta resultaría decisivo para la
evolución de estos años al entender la importancia de la imagen con la que el
grupo se presentaba ante los demás, tanto en el sentido más literal, el
vestuario y la escenografía, como en cuanto a lo que se decía de ellos, toda la
leyenda que se podía crear alrededor suyo.
En estos apartados, Pearlman ya había ejecutado sus primeras
maniobras desde que la banda se rebautizara como Blue Öyster Cult en 1971. Para
empezar, le había dado al grupo el nombre del culto de adoradores de los
escondidos poderes extraterrestres en la Tierra alrededor del cual giraban sus
historias de ciencia ficción, historias que ya empezaba también a utilizar en
sus letras.
Intentó también rebautizar a cada uno de los miembros con los
nombres de sus personajes de ciencia ficción, aunque el único que aceptaría el
cambio fue el guitarrista principal y segundo vocalista Donald Roeser, que
sería “Buck Dharma” desde entonces y para siempre en el mundillo musical.
La conversión en personajes fantásticos continuaría con las
vestimentas, que tenían como principal reclamo a los dos líderes del grupo.
Buck Dharma aparecería siempre vestido impecablemente de blanco, muchas veces
con un elegante traje completamente de este color y mostrando en el escenario
su actitud calmada y altiva. Como opuesto, Eric Bloom –vocalista principal y
guitarrista de apoyo, además de un torbellino de actitud y chulería en el
escenario- se embutiría en cuero negro y completaría su atuendo con sus eternas
gafas oscuras y accesorios moteros, llevando incluso su vehículo ocasionalmente
a escena.
Eric Bloom y Buck Dharma, el ying y el yang del rock duro americano
En lo de convertir a cada miembro en un personaje
fantástico, al parecer, se habían adelantado a una maniobra que pocos años más
tarde explotaría otra banda que saldría también de esa escena de Nueva York que
ya dominaba BÖC: KISS. Y por cierto, Eric Bloom se convertiría así en el
original hombre de cuero negro y moto sobre las tablas, adelantando también en
eso a quien años más tarde se quedaría ese honor: Rob Halford. Lo gracioso del
caso es que los orígenes de esta indumentaria de cuero tienen su base en el
mismo mundillo en el que se fijaría el Metal God: cuenta Eric Bloom que, para
“construir” su personaje, Sandy Pearlman lo llevó a una calle de Nueva York en
la que entonces florecían las tiendas para la comunidad gay y que compró allí
su primer mono de cuero negro.
Pero en fin, desde entonces y durante la gira posterior a su
disco homónimo en 1972, la fama del grupo como algo diferente y relacionado con
lo oculto había empezado a crecer. Y para potenciar esa fama Pearlman tenía
preparada la jugada para su siguiente disco: llevar las letras desde lo extraño
de “Blue Öyster Cult” (1972) a lo exageradamente ocultista de “Tyranny and
Mutation”.
En esto, Pearlman tenía como referencia a un grupo que
llegaba desde Gran Bretaña pegando fuerte: Black Sabbath. Su pasión por lo
rompedor de la propuesta del grupo de Ozzy y Iommi le llevó a escribir para
“Tyranny and Mutation” algunas letras que llevaban incluso un paso más allá
aquel espíritu tenebroso y ocultista, tocando terrenos como la adoración al
Diablo.
Dice Eric Bloom en una entrevista que Pearlman quería
convertir al grupo en los “Black Sabbath americanos”, pero el bagaje y la
personalidad que ya tenían era diferente y acabarían por adoptar solo algunos
elementos. De hecho, tras este disco, “Secret Treaties” (1974) dejaría atrás
buena parte de la temática más oscura para centrarse en la ciencia ficción,
auténtica pasión de todos los miembros originales. Aún así, el interés de
Pearlman en Black Sabbath quedaría activo y años más tarde aprovecharía el
momento de transición en la carrera de los británicos para convertirse también
en el manager (de 1979 a 1983) de su etapa con Dio, a la vez que continuaba su
trabajo con Blue Öyster Cult e incluso los unía para la famosa gira conjunta de
1980. Pero eso es una historia para otro momento.
En “Tyranny and Mutation”, la influencia de Black Sabbath
llegaba también a la música, siendo evidente el movimiento de las guitarras
desde el sonido más psicodélico del disco anterior hacia lo más denso y rocoso
de este. El riff principal de “Wings Wetted Down” es quizás el más claro
ejemplo de esta influencia.
Sin embargo, en otros momentos lo tomado de Black Sabbath se
mezclaría con su ecléctica propuesta, dando lugar a amalgamas sónicas tan
interesantes como “7 Sreaming Diz-Busters”, en la que se pueden identificar
elementos de ese proto heavy rock, de la psicodelia o del rock progresivo de la
época.
Sumándolo todo al más tradicional rock’n roll, otra de sus
influencias de siempre, la apuesta era fuerte. Sin duda, le daba a Pearlman
elementos de sobra para seguir vendiendo al grupo como algo diferente y
especial.
Hay que tener en cuenta que entonces la banda estaba
permanentemente activa en el bullicioso circuito neoyorkino y que se codeaba en
esas giras con grupos como Iggy and The Stooges o MC5, así que ser unos músicos
eclécticos que cantaban letras complejas podía etiquetar a aquellos otros como
grupos que, a su lado, eran poco menos que rudimentarios cavernícolas. Nacía
entonces otra etiqueta que acompañaría a BÖC durante mucho tiempo, la de
“thinking man rock band”. A diferencia del rock duro como salvaje expresión de
actitud, el rock podía ser también para intelectuales, para jóvenes con
inquietudes... y para viajeros astrales inducidos por el ácido.
La etiqueta parecía adecuada y funcionó. Se dice que unos
años más tarde un crítico entró hasta su camerino poco antes de una actuación y
se lo encontró lleno de libros. Los tipos eran aficionados a la ciencia ficción
y su manager era escritor, ya lo sabemos, pero por lo visto el crítico esperaba
encontrarse con el tópico panorama de droga y alcohol. Lejos de romper el hechizo,
la anécdota sirvió para extender la fama de que los Blue Öyster Cult era
“realmente” estudiosos de las ciencias y lo oculto, y su música la expresión de
estos arcanos conocimientos.
Para acabar de redondear esto, Pearlman también buscaba el
apoyo de la crítica.
Uno de sus más fieles compañeros en esa época era Richard
Meltzer, considerado en los USA como el primer “crítico de Rock” por su seminal
trabajo en el seguimiento que hizo para diversas revistas de las primeras
grandes bandas de rock americano desde finales de los 60s. Meltzer frecuentaba
entonces la misma casa común y hasta se animaba a colaborar con Pearlman
escribiendo letras para Blue Öyster Cult, pero centraba su trabajo en las
reseñas de actuaciones y festivales para las principales revistas musicales de
los USA.
Dispuesto a ayudar en la mitificación del grupo, se dice que
Meltzer publicó una reseña inventada de una actuación en el ficticio festival
del Monte Rushmore, en la que decía que Eric Bloom había saltado durante el
show desde la nariz del presidente Washington. Lejos de quedarse en una broma,
cuenta el grupo que llegaron a encontrarse con un fan que decía haber estado en
ese festival y haber visto el salto del vocalista.
Sea como sea, el terreno estaba dispuesto para que la banda
empezara a crecer popularmente. Y la calidad de “Tyranny and Mutation” y el
siguiente “Secret Treaties”, posiblemente sus dos discos más alabados, servía
como prueba irrefutable de que el grupo lo tenía todo para triunfar. La crítica
lo vio así desde esta época y solo un poco más tarde llegaría el éxito popular
masivo con “Agents of Fortune” (1976), si bien ese disco traería también las
primeras divisiones en cuanto al rumbo musical que tenía que seguir el grupo.
Quedarían, pues, como sus primeras joyas y, en el caso de
“Tyranny and Mutation”, como un disco con un carácter muy especial y envuelto
en misterio. Tanto es así, que incluso se dice que en las tiendas de discos los
jóvenes buscaban símbolos ocultos en el dibujo de la portada y, algo más tarde,
Marvel Comics utilizaría la simbología de la misma, además de la imagen de los
miembros del grupo, para antagonizar una historia de Los Defensores titulada
precisamente “Tyranny and Mutation”. En eso, por cierto, también adelantarían a
KISS.
BÖC en una aventura cósmica de ficción: hecho a medida
En lo estrictamente musical, el disco tiene también algunas
otras particularidades.
Como en el disco anterior, Eric Bloom canta la mayoría de
las canciones, incluso cuando no interviene en la composición. Solo queda una
para la voz de Buck Dharma y dos para el bajista Joe Bouchard.En breve esto iría cambiando y Buck Dharma
pasaría a cantar la mayoría de sus composiciones, mientras que el hermano
Bouchard que tendría más protagonismo con la voz sería el batería Albert,
quedando para Bloom poco más que las suyas. En los directos de toda la etapa
clásica serían Bloom, Buck Dharma y Albert Bouchard, por este orden, los
mayores protagonistas con la voz.
En cuanto a la composición, varios miembros del grupo firman
a la vez bastantes temas, claro reflejo de que el disco fue compuesto durante
la gira del anterior, con todo el grupo junto en la carretera. En discos
posteriores se hizo más habitual que cada miembro aportara sus temas, y eso se
notaría en la diversidad de estilos dentro de esos mismos trabajos. Aquí, todos
participarían de manera notable, a excepción del teclista Allen Lanier cuya
firma no aparece en ninguno de los temas. Mención especial en este apartado
para Albert Bouchard, muy activo aquí a pesar de que también perdería protagonismo
en el futuro.
En cuanto a las letras, Pearlman aporta la mitad del disco,
una queda para Meltzer, otra para Patti Smith -entonces poeta y artista
plástica, además de la novia de Allen Lanier, y en poco tiempo musa de la
escena proto-punk americana de mediados de los 70s con su propio grupo- y el
resto se las reparten los propios miembros del grupo que, dicho sea de paso,
parecían estar en esta época en plena forma.
Considerando todo esto, sería un disco importantísimo en la
evolución del grupo. Teniendo el cuenta el panorama americano de principios de
los 70s, todavía a remolque de la escena británica, además sería todo un hito
en el periodo de formación de una escena americana importante y con carácter
propio.
El 12 de octubre de 1987 Dee Snider anunció la separación de
Twisted Sister.
Hacía tiempo que buscaba su propio camino. De hecho, su
último disco, “Love is for Suckers”, ya había sido inicialmente pensado como el
primer disco en solitario de un Snider con ganas de explorar otros
terrenos, pero la discográfica presionó para que apareciera bajo el nombre de
su grupo. Dee era uno de los frontmen más carismáticos de la escena, pero
Twisted Sister funcionaba mucho mejor como marca consolidada. Hasta que quebró.
Dado el paso, en 1988 Dee Snider reclutó al que fuera
batería de Iron Maiden Clive Burr, al guitar hero Bernie Tormé (quien además de
tener una sólida carrera en solitario, también era conocido por su trabajo en Gillan) y al bajista Marc Russell. Con este equipo se lanzó de
cabeza a por el hard rock que había explorado en “Love is for Suckers”, esta
vez de una manera más decidida y tocando las raíces más auténticas del género.
Hay que decir, eso sí, que aunque se evidenciara ese mayor
gusto por el hard rock americano más clásico y tuvieran una orientación más
“seria” que Twisted Sister, especialmente en las letras, muchos de los temas
que en 1990 tenía preparados la dupla que tomó el mando en la composición (Dee
y Tormé) eran fácilmente asociables al estilo de la banda madre de Snider.
Pero esto no era tampoco lo que querían las discográficas,
deseosas de abanderar un giro musical acorde con la nueva moda de los primeros
90s.
En un callejón sin salida y harto de los problemas con las
discográficas, Snider dio el grupo por separado a principios de década sin
haber publicado finalmente nada. Con un buen listado de temas ya grabado y a
punto, el disco no llegó a salir oficialmente, pero los temas empezaron a
circular y adquirieron fama de trabajo “de culto”.
Tanto, que la pequeña Destroyer Records se decidió a
lanzarlos en 1996 bajo el nombre de “Bloodied and Unbowed”. Ya totalmente fuera
de su época y con el panorama hardrockero casi desaparecido, Desperado estaba
sentenciado a tener mínima relevancia comercial.
De hecho, para entonces Dee Snider ya había tenido tiempo de
volverlo a intentar con no mucha más suerte en otro proyecto en el que
mantendría al bajista Marc Russell, Widowmaker, y de iniciar otra aventura más
con una especie de banda tributo a su propia carrera, los Dee Snider's SMFs.
Pero volviendo a Desperado, sus temas siguieron generando
interés, hasta el punto que la mayor Angel Air Records se hizo con los derechos
y volvió a lanzar el disco en 2006 rebautizado como “Ace”, remasterizado y con
algún ajuste en el track list.
Tal y como se publicó por primera vez en 1996, el debut y
único trabajo de Desperado contenía estos temas:
"Hang 'Em High" -
4:51
"Gone Bad" - 3:44
"The Maverick" -
5:06
"The Heart Is a Lonely
Hunter" - 7:11
"Calling for You"
- 4:54
"See You at
Sunrise" - 5:53
"There's No Angels
Here" - 4:54
"Made for
Trouble" - 3:45
"Ride Thru the
Storm" - 4:30
"Son of a Gun" -
5:34
"Emaheevol" -
4:25
"Easy Action" -
3:52
"Heart of Saturday
Night" - 3:53
A pesar de su mala suerte, valían mucho la pena. Dan para especular con
qué podría haber sido de este grupo si hubiera podido tener continuidad. Y por
supuesto, para pasar un buen rato escuchando buena música. Recordémosla:
Situémonos.
Primeros años de la década de los 90’s y las cosas están cambiando a
toda mecha en el panorama musical, también para el thrash metal. Los años
dorados del género parecen acabados e incluso los más grandes se mueven hacia
otros terrenos. Metallica (sí, a nadie se le escapa que es la gran referencia
para Testament) ha bajado revoluciones y apuesta ahora por temas de sonido más
denso pero a la vez accesible. Y Testament acepta el reto. “The Ritual” se mete
en la liga del famoso “Black Album” o de “Countdown to Extiction”, y sale
escaldado.
No musicalmente, claro. A nivel de composición encaja
perfectamente en esa nueva “manera” de entender el estilo, y el nivel general
–aunque eso sea algo más subjetivo- raya también en la excelencia.Pero sin el Bob Rock de turno, la producción
queda muy lejos de reforzar la propuesta, y el resultado cae por debajo de lo
que podía haber sido. Tampoco hay apuestas fuertes de las disqueras detrás. Y
todo eso es demasiada diferencia. Comercialmente, pues, y a pesar de conseguir
la mejor entrada hasta la fecha de un disco del grupo en las listas de ventas,
sí que sale escaldado. Además, el disco queda pronto en el olvido, por debajo
incluso de los anteriores.
Así que la banda se queda sin lo que compensa el hecho de
que una parte de los viejos fans los tachen de “vendidos”: el éxito.
No nos engañemos. Eso (que el sector más duro de los viejos
seguidores renunciara a ellos) es algo casi inevitable con los años, y también
les pasaba en la misma época a Metallica y Megadeth. Pero tenían tantos nuevos
seguidores que perder a unos pocos no importaba mucho. Y para Testament no era
lo mismo. Así que el siguiente paso había que pensarlo mucho. Y no estaba el
horno para bollos entre estos músicos.
Dos pesos pesados de la banda, Louie Clemente y Alex
Skolnick, salen del grupo. Otro golpe duro, sobre todo teniendo en cuenta que
Skolnick era algo así como la estrella, el “guitar hero” al que admiraban todos
sus seguidores. Pero a él le parecía que la “marca Testament” encasillaba sus
habilidades en unos registros en los que no podía expresarse completamente, y
vio ahí un buen momento para probar fortuna fuera. Pasó por Savatage y otros
proyectos todavía más “lejanos” en los años siguientes.
El baile de músicos para reemplazarlos es caótico. Glen
Alvelais y Paul Bostaph llegan desde Forbidden y abandonan el barco en un
suspiro. De Exodus llega John Tempesta para hacerse cargo de la batería, y para
la guitarra se recurre a un trotamundos de la nueva escena extrema como James
Murphy, que en pocos años había pasado por Cancer, Death y Obituary. Y aquí
tampoco duraría mucho, no. De hecho, los dos nuevos no se habían quitado la
etiqueta de miembros temporales cuando ya abandonaban Testament, seguidos del
bajista fundador Greg Christian. Pero al menos dejan un buen recuerdo grabando
un disco que, en el fondo, parece una apuesta personal del que entonces se
descubría como núcleo duro y estable del grupo: el guitarra Eric Peterson y el
vocalista Chuck Billy. Y Billy, por fin, se luce.
Desde hacía años se venía postulando como uno de los mejores
vocalistas de la escena thrash. En “Low” se confirma, quizá, como el mejor.
Pero antes de eso, volvamos a la “apuesta” que se comentaba
repasando las opciones:
Seguir la senda de “The Ritual” podría dar por fin un “Black
Album” o un “Youthanasia”, pero esa vía parecía segada demasiado radicalmente
sin un apoyo comercial. Volver a su thrash clásico podía ser más seguro
musicalmente, pero en 1994 eso ya parecía un suicidio seguro, el golpe de
gracia a un grupo que agonizaba.Por
otro lado, Pantera parecía estar abriendo un camino nuevo, los 90s empezaban a
coger personalidad y también la escena extrema se estaba asentando, aunque
mucho más lejos de la primera línea de lo que le correspondería como heredera
de un thrash que llegó a tener cierto peso.
Billy y Peterson debieron pensar... “de perdidos al río”. Y
se tiraron de cabeza.
Sin olvidar la herencia de lo anterior, eso sí, porque no
abandonan ese tempo algo más lento, ese estilo más denso. Pero en lugar de
hacerlo comercial, lo refuerzan con algo de ese aire “groove” tan de los 90,
otro tanto de esa violencia tan de los Pantera de la época, y un toque (sólo un
toque) de oscuro y potente death metal. Ah, y con una producción que, ahora sí,
hace justicia.
El resultado, aunque se siga pudiendo etiquetar como
“thrash” y mantenga claras sus influencias de siempre, está casi tan cerca de
un “Vulgar Display of Power” (o más) como de su clásico “The New World Order”,
y no sólo da cuerda al grupo para mantenerse vivo empezando una segunda era. Lo
engrandece ante los fans por la demostración de personalidad al margen, ahora
sí, de lo que hacían ya los antiguos gigantes del thrash.
En esas aguas tan diversas, Billy emerge gigante. Luce
cantando a la manera más clásica del thrash/heavy, se siente cómodo en lo más
melódico de la única balada del disco, y brilla incluso en lo más agresivo y
con su nuevo registro gutural. Firma, además, casi todas las composiciones
junto a Peterson.
Sin Skolnick, es más un disco de riffs demoledores que de
solos imposibles o demás virguerías guitarreras. Pero funciona dentro de ese
espíritu de la nueva época.
Una buena acogida por parte de crítica y público, e incluso
un videoclip (por cierto muy en el estilo noventero, hecho para el del tema
homónimo) que rueda bastante por la MTV hacen el resto.
Si hasta entonces estaban en esa segunda línea del thrash
que se movía tras la popularidad de los cuatro grandes, desde entonces su
nombre se agiganta para los amantes del género y pasa por delante de algunos de
ellos.
Tras seis años de trabajo, de idas,venidas y cambios en la formación, de
cambios también en las disqueras, e incluso de primeras experiencias en la
grabación (aunque no fueranotra cosa
sino un tributo a los Beatles), Asfalto por fin conseguía una propuesta firme
para lanzar su debut.
Un difícil camino en aquel tiempo de cambio que fue la
transición. Pero el resultado merecía la pena, como si todas esas vivencias
quedaran incrustadas en la música, y la vida en la España de mediados de los
70s tuviera que quedar plasmada para siempre en sus canciones.
Y vaya si lo hizo. El desencanto por unos tiempos tan
largamente esperados, la asfixia por el crecimiento del Madrid obrero de la
época, el hastío de la rutina, el deseo de una vida más sencilla y el recuerdo
de la opresión encuentran su espacio dentro un disco que es casi una crónica
de la época.
De una manera extraña, a la vez emotiva y poética, pero también
muy agarrada a la vida banal de la clase obrera y a sus referentes populares. Pero
con un carácter muy reconocible, entonces novedoso, que más tarde
desarrollarían –de una manera más agresiva- los dos gigantes del rock duro en
España que tras la estela de Asfalto estaban por llegar.
Los primeros en grabar para los históricos Chapa Discos,
consiguieron juntar un buen puñado de canciones que han pasado a la historia
del rock de este país, siendo varias de este primer trabajo algunas de las más
reconocidas de su discografía.
Estos fueron los temas:
1. Ya está bien. Una manera estupenda de comenzar un disco: con el tema
más directo y contundente, y marcando estilo para los grupos que estaban por
llegar. Y para las letras, un relato del duro camino del músico de rocken aquel momento.
2. Capitán trueno. Se dice que es uno de los primeros temas
de ese género tan “nuestro” que es el rock urbano, y además una de sus grandes
banderas. Esto es, claro, por la denuncia social que hacen las letras, aunque
sea de una manera tan inocente como invocar a un héroe del cómic para que
arregle nuestras vergüenzas. De cualquier manera, es un tema de gran carisma y
personalidad, en buena parte por la aportación de esa flauta que da un toque
“folk” o incluso “prog” a su sonido. Una de sus canciones más conocidas y un
éxito de la época.
3. Ser urbano. Guitarras dobladas al más puro estilo
setentero de unos UFO o Thin Lizzy, y un tema de mayor peso hardrockero que el
anterior, si bien se mueve por terrenos parecidos. Esta vez la denuncia, de
nuevo de manera muy simbólica y original, se hace del crecimiento de las ciudades como
masas de asfalto y obreros alienados. Algo muy recurrente en el rock de esos
años.
4. Días de escuela. La auténtica maravilla del disco. Uno de
sus temas más dinámicos, más por esa espectacular base rítmica que por un
sonido general que es mucho más técnico y emotivo que duro. Las penurias de la
escuela de la España Franquista resumidas en una canción que inevitablemente
queda para el recuerdo.
5. Todos los días. Con el listón tan alto, y en vísperas del
tema más desarrollado del disco, “Todos los días” se convierte en un puente
ligerito que bien agradece el trabajo.
6. Quiero irme (La huída). Y turno para el tema más largo,
trabajado, y próximo al hard rock de tintes progresivos de unos Rush. De nuevo
uno de los puntos más altos del disco.
7. Rocinante.Otro
de sus temas más conocidos. En un ambiente nostálgico y altamente emotivo, como
de balada de aire sinfónico, el narrador llega al lugar donde han quedado
olvidadas todas las cosas que ya no existen en la caótica sociedad del momento,
y entre ellas Rocinante, símbolo a la vez de la naturaleza (abandonada “por un
tractor”) y las ilusiones de los “Don Quijotes” que han acabado sucumbiendo. El
abandono de la realidad como solución para nuestras penurias, a la curiosa
“manera Asfalto”.
8. La isla del amor. El disco ha girado hacia lo más
tranquilo, y es buen momento para encajar la vieja y alegre influencia de los
Beatles.
9. El emigrante. Y estando ya en estos terrenos, un cierre
tranquilo nunca viene mal para aumentar las ganas de pinchar de nuevo un disco
tan variado como interesante.
Sin embargo, el hecho de que no consiguieran establecer una
dirección clara (como parece evidente si comparamos el heavy rock de “Ya está
bien”, muy en la línea de lo que en pocos años haría famosos a Barón Rojo, con esa
“beatleliana ” “La Isla del Amor”, o con los varios momentos de influencia
sinfónica o progresiva) reavivó las discusiones en el seno del grupo, que tras
el lanzamiento acabaron con una separación que nos dejaría a unos remodelados
Asfalto grabando rápidamente el siguiente “Al otro lado” y a los nuevos Topo,
nacidos de la escisión, corriendo a hacer competencia con su debut.
Sea como sea, “Asfalto” (el disco) quedó atrás como un
pedazo importantísimo de la Historia del Rocken España, y como tal conviene recordarlo.
Hubo una época, aquella transición hacia los 80s que tan
importante fue en la evolución del rock duro, en la que los grandes grupos de
los 70s fueron cerrando sus etapas de gloria. En algunos casos, para empezar otras,
pero siempre dejando atrás una parte del sonido de esa década en la que se
coronaron, y casi siempre con grandes discos en directo que recogían el mejor
material de aquellos años.
Los “hijos” de Deep Purple lo hicieron (Rainbow con “On
Stage” y Whitesnake con “Live... in the Heart of the City”), Thin Lizzy hizo lo
propio, KISS nos regaló su “Alive II” y Scorpions o Judas Priest cumplieron con
su parte “en el Este”, todos ellos entre el ’77 y el ’80, y todos dejando
algunos de los mejores trabajos en directo que haya dado esta música.
Blue Öyster Cult, el gran “dinosaurio” americano, que había
sido uno de los primeros en llegar, puso también fin a estos años de cambio con
su broche en vivo en el ‘82.
En su caso, además, el sentimiento de “final de una era” fue
todavía mayor. Porque los de Nueva York rompían en esta gira, la de “Fire of
Unknow Origin”, una alineación original que había permanecido inalterable más
de una década. Y porque, al pasar los años, se ha visto que también dejaban
atrás su mejor época en lo musical.
Vendrían otros muchos buenos discos, y otros estilos
llegarían para enriquecer su propuesta. Pero difícilmente se puede discutir que
lo más brillante de su producción quedó allí.
Eso sí, si se trataba de cerrar su etapa de gloria, “Extratrerrestial
Live” lo hizo por todo lo alto.
Quizá sin lucir una grabación fantástica, con un sonido sin
retocar, pero de una manera poderosa, honesta, haciendo participar al público,
estirando o modificando las versiones de estudio, adornándolas con “jams” y
solos y, en definitiva, poniendo de la mejor manera posible ese “añadido” que
debe tener un disco en directo.
“Extraterrestrial Live” no era su primer disco de este tipo,
pero ese “algo especial” que tenía el momento lo encumbró a nuevas cotas, y se
hizo notar incluso en el repertorio. Y es que cada uno de los 8 discos de
estudio anteriores, los 8 de la formación original, se vio representado al
menos por un tema, lo que en un disco de 13 cortes es algo que parece
consciente y significativo. Qué mejor manera de cerrar una etapa que con algo
parecido a un “grandes éxitos” en directo.
A cada fan “le faltará” su tema especial (yo hubiera añadido
“Flaming Telepaths” o “Astronomy”), pero aunque BÖC es un grupo que se ha
prodigado mucho en los directos, para la mayoría éste es el de mejor
repertorio. Y con todo lo anterior, eso lo convierte en un clásico
imprescindible para sus seguidores, y una inmejorable manera de empezar a
conocerlos para los que todavía no lo sean.
De los 13 temas,11
salen de la famosa gira de “Fire of Unknown Origin” (y eso explica que sea el
disco más representado, con 3, en el track list), a mitad de la cual fue
expulsado Albert Bouchard, batería original del grupo y hombre importante
también en la composición. Se sabe que en esa época tenía ciertos problemas
“personales” que lo llevaron a presentarse tarde en varios de los conciertos de
la gira, llegando incluso en 2 ocasiones a comenzar el grupo la actuación con
el “roadie” Rick Downey, y añadiéndose Bouchard a medio show. La gira acabó con
Downey como batería oficial de BÖC y Albert Bouchard centrándose en solitario
en el proyecto que hubiera querido para un grupo (la ópera rock “Imaginos”) que
viraría hacia otros terrenos algo más “comerciales”, pero que sin embargo acabaría
publicándose años más tarde con la participación y bajo el nombre de Blue
Öyster Cult.
En esos 11 temas podemos escuchar a Downey a la batería.
Pero BÖC quiso mantener la presencia de Bouchard en el lanzamiento, y los otros
dos fueron extraídos de la gira inmediatamente anterior, la que realizaron
junto a los Black Sabbath del “Heaven and Hell” en el ya mítico “Black And Blue
Tour” y que había sido grabada para un lanzamiento en VHS.
La cosa, pues, quedó como sigue:
“Dominance and Submission”. Grabado
en NY en 1980, es uno de los dos temas en los que estuvo Albert Bouchard.
Único representante de “Secret Treatries”, que sin embargo es uno de sus
trabajos más reconocidos, sirve para abrir de una manera poderosa el
disco. Impagable la aportación del público gritando algo tan bizarro como
“Dominance! Submission!”.
“Cities On Flame with Rock and
Roll”. El gran clásico del disco debut abre la lista de canciones
grabadas en 1981 ya con Downey en la batería. De nuevo, único
representante de su disco.
“Dr.
Music”. Y lo mismo se puede decir de “Dr. Music” respecto a su disco
“Mirrors”. El cambio de registro entre su debut y este disco de finales de
los 70s es notable, y con esto el directo va añadiendo diferentes
texturas. Como la anterior, grabada en diciembre del 1981, durante el
final de la gira.
“The Red And The Black”. Primer
tema grabado en el show al que pertenecen la mayoría de los siguientes,
histórico concierto de octubre del ’81 en Hollywood que fue también
grabado en video. Y primero de los dos representantes de “Tyranny and
Mutation” que, cómo no, aporta parte de lo más potente disco.
“Joan
Crawford”. El primero de los temas de “Fire of Unknown Origin” sigue
añadiendo registros a base de piano y preciosas melodías.
“Burning for You”. Y si
hay que presentar a “Fire of Unknown Origin”, qué mejor que su hit single.
“Roadhouse
Blues”. Blue Öyster Cult siempre fue uno de esos grupos a los que les
gusta añadir algún “cover” a sus directos. “Born To Be Wild”, por ejemplo,
se había convertido ya en un “bis” clásico para sus actuaciones. Pero en
1981 Robby Krieger, guitarrista original de los entonces ya extintos The
Doors, se hallaba en una época de búsqueda de diversos proyectos, y
colaboró en repetidas ocasiones con BÖC añadiendo su guitarra en directo,
como en este caso, y posteriormente también en estudio. Y para presentar a
Krieger, claro, qué mejor que tocar el “Roadhouse Blues” de The Doors.
Fenomenal actuación de todo el grupo, por cierto, y especialmente la de
Eric Bloom, de la que hubiera estado más que orgulloso el mismísimo Jim
Morrison.
“Black
Blade”. Originalmente lanzado como doble directo, ésta era la apertura del
segundo disco. Y como en el primero, se insertó para empezar un corte
anterior con Albert Bouchard a la batería. En este caso, el único tema de
“Cultosaurus Erectus”.
“Hot Rails to Hell”. De
vuelta a 1981, a Rick Downey, y a “Tyranny and Mutation”.
“Godzilla”.
Y turno para “Spectres”, que aporta sólo su tema “franquicia”. Inevitable
en sus directos y espectacular en aquella época, en la que una
reconstrucción gigante del monstruo aparecía sobre el escenario escupiendo
humo y luces.
“Veteran of the Psychic Wars”. El
tercer y último tema de “Fire of Unkown Origin” es uno de los momentos más
celebrados del disco. Si en todo lo anterior el grupo ya había demostrado
su pericia con los instrumentos, el solo con el que Buck Dharma adorna en
directo a este colosal tema ha sido reconocido siempre por la crítica y
los fans como uno de los mejores que se hayan grabado nunca en los más
clásicos directos de la historia del rock duro. Una demostración más de
uno de los mejores guitarristas del género, aunque sea sin embargo uno de
los menos populares de las “grandes ligas”.
“E.T.I.
(Extra Terrestrial Intelligence)”. Y después del momento mágico del disco,
aguarda la traca final con los dos temas de su celebrado “Agents of
Fortune”, habituales para el final de su repertorio. Primero el que da
nombre a disco.
“(Don’t Fear) The Reaper”. Y
por último el que es posiblemente su tema más conocido y su single de
mayor éxito, siempre cerrando con ese halo de misterio sus actuaciones.
Cada uno de los ocho discos de estudio que Blue Öyster Cult
publicó antes de la primera ruptura de su formación original, aunque muy
especialmente los cuatro primeros y el último de esa etapa, tiene seguidores
que lo consideran lo mejor de su discografía. La mayoría están de acuerdo, eso
sí, en que los inmediatamente posteriores a esa ruptura son los peores.
La explicación de esta extendida sensación, centrada en “The
Revölution by Night”, puede parecer tan sencilla como exagerada.
Para empezar, es el primer disco sin la formación original
al completo, que había aguantado toda una década de reconocimiento. Y ya
sabemos que los cambios de formación suelen traer polémicas.
El éxito de “Fire of Unknown Origin”, encabezado por el de
su hit-single “Burning for You” y rotundamente coronado por el de su posterior
gira, recogida en el impresionante “Extratrerrestial Live”, podía llevar a
pensar en una nueva era comercialmente dorada para el grupo, que había que
aprovechar. Y con la música de grupos como Foreigner, Survivor o Reo Speedwagon
reluciendo entre el mainstream americano, esa podía ser una línea a seguir que
no estaba del todo lejos de algunos de los muchos registros ya lucidos por la
banda de New York.
Albert Bouchard, batería original, salió del grupo durante
la mastodóntica gira de “Fire Of Unknown Origin”, y decidió ir por otros
caminos de carácter más complejo, embarcándose en la idea de una ópera rock
que, a la postre, acabaría publicándose años más tarde bajo el nombre de su
banda madre. Rick Downey, presentado en la gira que recoge “Extratrerrestial
Live” y por primera vez músico de estudio para BÖC en “The Revölution by
Night”, fue su sustituto, empezando así una dinámica que seguiría con el
teclista Allen Lanier fuera del grupo poco después de su publicación. Y si en
esto ya hay una parte de justificación para los más críticos, la segunda parte
es todavía más recurrente para este tipo de casos: el famoso “cambio de
estilo”.
En el caso de Blue Öyster Cult, hablar de un cambio de
estilo es algo bastante complicado. Está claro que “Tyranny & Mutation”
tiene poco que ver con “Fire Of Unkown Origin”, si de etiquetas musicales se
trata, y ambos son trabajos de gran reputación. Que desde “Secret Treaties”
habían ido evolucionando hacia una manera más personal, a la vez comercial y rica en matices de
entender el rock duro es algo evidente, y sabemos que habían sido capaces,
incluso en un mismo disco, de dar cabida al hard/heavy rock más rocoso, el pop
rock más atmosférico o el rock de tintes progresivos e influencia jazz. Que en
este momento incluyeran el rock melódico del mainstream entre su amplia lista
de recursos tampoco parece algo especialmente reseñable, así que puede que haya
que entender parte del rechazo a que, eso sí, el resultado (con ese barniz que
restringe parte de su creatividad) parece algo menos "suyo" que su material
anterior, además de menos variado.
En realidad, temas como “Take Me Away”, “Feel The Thunder”
(estas dos en un registro muy del Eric Bloom de siempre), “Veins” o “Dragon
Lady” (otras dos en el más clásico de Buck Dharma), no se habían movido mucho
de esa propuesta personal sobre la que venían variando desde “Secret Treaties”,
aunque se pueda decir (y quizá aquí está el punto) que “Take Me Away” no llegue
a la brillantez de un “E.T.I”, o que “Dragon Lady” ya no sorprenda tanto como
“Tattoo Vampire”, por comparar con clásicos anteriores de carácter similar.
Pero no por eso dejan de ser grandísimos temas. Incluso “Light Years of Love”
encajaría entre los momentos más relajados de “Spectres”, recordando a
“Celestial the Queen”. Y con estos y otros, es fácil encontrar una mayoría de
cortes que perfectamente pudieran tener cabida, por estilo y nivel, en otros
momentos de su discografía. Lo que puede que falte es alguno de esos bombazos
que siempre habían tenido sus discos. Porque ni siquiera en las letras (de
nuevo con la ciencia ficción como tema recurrente) hay excesivos cambios. En
algo relacionado con esto, eso sí, se centran algunas de las críticas más
feroces, ya que la sarta de tópicos rockeros que proclama “Let Go” suele
reprocharse duramente a quienes habían sido incluso capaces de resultar
elegantes hablando de contactos con alienígenas.
Por otro lado, los temas que sí muestran claramente esa
nueva vocación AOR (“Eyes on Fire” y “Shooting Shark”, especialmente) resultan
casi impecables en este registro, por mucho que abandonen parte de la fuerte
personalidad de BÖC. Y lo dicho, no dejan de ser unos pocos momentos que pueden dar otras texturas al disco, resultando algo distinto del siguiente "Club Ninja", que se centró precisamente en estos registros.
Así que, en resumen, más que resultar especialmente lejano
en sonido, la “diferencia” (para bien o para mal) en “The Revölution by Night”
la marca el “encorsetamiento”. O, por decirlo de otra manera, esa contención
dentro de unos parámetros menos flexibles que permitan momentos más
espectaculares. Y esa sensación de "modestia" no impide, claro, que resulte un disco muy disfrutable, divertido e
incluso más homogéneo, sabiendo que esto último es algo que algunos de los “no
muy seguidores” del grupo echan en falta en sus discos clásicos.
En 1974 debutaban KISS, Rush o Judas Priest, pero unos pocos
dinosaurios del rock duro ya habían conseguido asentarse en la escena con un
peso que pocas veces se ha visto desde entonces. Deep Purple, Black Sabbath o
Led Zeppelin habían conseguido en este terreno que la atención se volcara hacia
Gran Bretaña, pero, como siempre, los USA también habían tenido algo que decir.
Blue Öyster Cult llevaban años en la palestra, y habían
dejado ya dos discos que podían plantar cara a los que venían de las islas. Tan
técnica como oscura y rocosa, su música bien podía colocarse en el mismo
escaparate que la de esos otros gigantes, pero su público, hasta el momento,
estaba más limitado dentro de sus fronteras. Y su tercer disco tenía que
remediarlo.
“Secret Treaties” se ha visto normalmente encasillado como
el capítulo final de la etapa “en blanco y negro” con la que comenzaron su
andadura (las portadas tienen la culpa), pero la verdad es que es más fácil
entenderlo como un disco de transición hacia los más heterogéneos discos
posteriores. En ese sentido, la voluntad de ampliar su público es evidente en
la evolución respecto al sonido del anterior “Tyranny & Mutation”.
Exuberantemente guitarrero, pero también capaz de dar más protagonismo a los
coros y, sobre todo, a los teclados, así como de
dar rienda suelta a su imaginación y excentricidades en otros registros.
Si atendemos a los resultados comerciales, iban por el buen
camino. Certificado oro, estuvo catorce semanas seguidas en las listas del
Billboard americano. Y con el éxito, su reconocimiento iba en alza. Poco
después de su salida, la revista ¡británica! Melody Maker lo declaraba el mejor
disco de Rock de todos los tiempos, empezando a colocarlo como un habitual
entre los trabajos del género que la crítica ha tratado con mayor respeto. Y
que sirva de ejemplo el que revistas como “Rolling Stone” y “Kerrang!” lo hayan
incluido habitualmente en sus rankings de los mejores discos de siempre.
En su momento, les sirvió para que pasaran a ser habituales
cabezas de cartel en grandes festivales, y allanó el camino para que el
siguiente “Agents of Fortune” tuviera una recepción todavía mayor, alcanzando
pronto el platino.
Con todo esto, no es raro que muchos de sus fans lo
consideren el mejor disco de su carrera. Pero lo sea o no (hay mucho donde
elegir, anterior o posterior, como para poder dar un veredicto rotundo), es
innegablemente uno de sus más importantes, tanto popularmente como para la
definición de su identidad. Ésa tan especial y compleja que los hace únicos,
atrapa irremediablemente a unos, y los hace tan poco accesibles para otros.
Veamos por qué.
1. “Career
of Evil”.
Primer tema y primera prueba de su evolución. Si “Blue
Öyster Cult” empezaba con un cañonazo como “Tranmaniacon MC” y “Tyranny &
Mutation” abría fuego de la manera más acelerada con “The Red And The Black”,
“Secret Treaties” empieza a mostrar sus cartas con un medio tiempo en un
formato “single” mucho más claro, en colaboración, además, con la que pronto
sería diva de la escena punk americana, Patti Smith. La clase de Buck Dharma,
Eric Bloom y sus chicos, eso sí, permanece intacta para firmar uno de los
momentos más agradablemente accesibles del trabajo. Un clásico de su repertorio
desde entonces.
2. “Subhuman”.
También derrochando clase, pero en un registro más complejo
en el que la imaginativa guitarra de Buck Dharma se mueve como pez en el
agua, “Subhuman” devuelve a Blue Öyster Cult a un registro más cercano a los
temas “más tranquilos” de los trabajos anteriores.
3.
“Dominance And Submission”.
Y, por fin, la apertura del tercer tema hace recordar a los
fans de los discos anteriores la potencia de sus guitarras. Mención aparte
merece la continuidad también en el terreno de las letras. Si las de los discos
anteriores pueden calificarse como excéntricas, éstas no se quedan atrás.
4. “Me 262”.
De nuevo las letras llaman la atención, pero en este caso
para glosar sobre el primer modelo de avión de combate a reacción. Extraño,
pero recubierto de fiero rock’n roll resulta otro excelente tema habitual de
sus directos.
5. “Cagey
Greetings”.
Más rock’n roll, y más excentricidades. Esta vez salpican a
unas melodías especialmente contagiosas. Y como es habitual en su producción,
fenomenal trabajo instrumental, destacándose aquí como se integran guitarra y
teclados.
6.
“Harvester of Eyes”.
Lo machacón del riff principal la corona como una canción
especialmente apropiada para los directos (y bien que se han servido de ella en
ese aspecto). En “Secret Treaties”, además, nos lleva hacia el decisivo broche
final de los dos últimos temas.
7. “Flaming Telepaths”.
Puede que no sea habitual que los dos temas insignia de un
disco sean precisamente los dos últimos. En un disco relativamente corto como
éste, la estrategia funciona perfectamente. Si hasta aquí era un gran disco,
acabar la escucha de esta manera lleva a cualquiera a levantar su calificación
hasta los extremos que se comentaban antes.
Ciencia ficción (su tema más recurrente) envuelta en
psicodelia y melodías sobrecogedoras, además de enmarcada entre una de las
entradas más espectaculares que se pueden encontrar y un final acelerado que no
lo es menos.
8. “Astronomy”
Y por fin, lo que muchos esperaban. Como Queen harían unos
años más tarde con “We Will Rock You / We Are The Champions”, el poderoso final
de la anterior se corta en seco para dejar paso al piano que abre la siguiente.
Y si “Flaming Telepaths” es uno de sus mayores clásicos, “Astronomy” lo es
todavía más, acabando así el disco con una de sus más conocidas y recordadas
canciones. Habitual en los conciertos, revisada años más tarde dentro de su
disco conceptual “Imaginos”, y versionada todavía otros tantos años después por
Metallica, que se unía así a la larga lista de grupos (de Lizzy Borden a HIM,
pasando por Iced Earth o Candlemass) que han intentado añadir a las suyas las
personales melodías de Blue Öyster Cult.
Inmejorable final... para dejar al público con ganas de empezar otra
vez.
En 1978 KISS hacía honor a la
frase con la que abre sus conciertos: era la banda más “caliente” del planeta.
Unos años antes, “Alive!” les había hecho dar el salto
definitivo a la fama y “Destroyer” los había afianzado en el estrellato. Y lo
había hecho con un empuje que no sólo todavía duraba, sino que durante la gira
de “Love Gun” –quizá precisamente por la voluntad de extenderlo más y más-
había sido más perceptible que nunca en sus conciertos multitudinarios (se dice
que entonces salían a 13.000 personas por concierto) y en la creciente ola de
merchandising diverso sobre la banda.
Pero a alguien (probablemente el
que había sido su manager desde sus inicios, Bill Aucoin) se le ocurrió que
todavía se podía dar algún paso más. Puede que para aprovechar un momento que
difícilmente se iba a repetir, o puede que siendo consciente de que aquello no
podía durar mucho. Pero había que hacer algo nunca visto.
Dos ideas salieron a la palestra:
el rodaje de una película que utilizara como personajes a los alter-ego
maquillados de los cuatro músicos, y la grabación de cuatro discos -¡a publicar
el mismo día!- que dieran su propio espacio a cada miembro de KISS por
separado.
Y, cómo no, KISS se embarcó en
todo.
No es éste sitio para hablar
mucho de la película (y la verdad es que tampoco sería muy reseñable, ya que
hasta los propios miembros de KISS manifestaron haberse arrepentido de
grabarla, dando esto lugar a la ruptura con Aucoin), pero lo de los discos fue
otra cosa.
En aquel momento, las tensiones
en el seno del grupo amenazaban ya con finiquitar su trayectoria, y que cada
miembro trabajara en un disco por separado (aunque aparecieran bajo la marca
“KISS”) podía ser una manera de regenerarse, coger aire y rebajar tensiones...
o bien de competir entre todos y ensayar una posible ruptura con carreras
separadas. Y por eso cada uno se lo tomó a su manera.
Para Ace Frehley y Peter Criss,
los miembros “descontentos” con el papel secundario al que Paul Stanley y Gene
Simmons los relegaban disco a disco, era toda una reválida. Una demostración de
lo que podrían hacer si les dejaran aportar más, o incluso un escaparate para
lucir influencias a las que los líderes del grupo no daban sitio en KISS.
Frehley apostó por un sonido con mayor peso de las guitarras, más cercano al
heavy rock que ya despuntaba popularmente en esos años, y Criss dio salida a su
influencia R&B y del rock & roll de los años 50s y 60s.
Pero para Simmons y Stanley esto
debía ser algo diferente: quizá otra manera más de lucirse, quizá algo que
tomarse menos en serio... o incluso algo poco oportuno.
El disco de Simmons parece decir
que “el demonio” (haciendo uso de esa megalomanía que tanto ha querido lucir en
su carrera) vio en esto otra manera de dar brillo a sus excentricidades, y aunque
quizá prestó menos atención a la composición de un disco de gran empaque o una
dirección clara, se rodeó de todo tipo de colaboraciones famosas y recursos
efectistas, y dejó varios momentos a tener en cuenta.
Y Stanley... Stanley se apuntó
otro gran disco de KISS.
Si quiso o no dejar claro que el
que dirigía musicalmente al grupo era él es algo que cada uno puede valorar,
pero sí que parece claro que para este álbum se estaba guardando algunos temas
soberbios, y que además lo adornó con un cuidado y una producción que son
difíciles de ver en los discos de la banda al completo.
Que de los cuatro, además, es el
disco más puramente KISS, es poco discutible.
Nueve temas originales (los demás
tres miembros incluyeron alguna versión) firmados por el propio Stanley, con
una mezcla de temas rockeros de melodías power-pop súper pegadizas (con
especial atención en este punto a “Wouldn't You Like to Know Me?” y “It’s
Alright”, que podrían haber sido grandes hits en cualquier disco KISS –como
grupo- de la época, y posiblemente serían habituales de recopilatorios y
directos de haberlo sido), medios tiempos hardrockeros más tipicos de KISS,
aunque quizá en una versión algo “más cuidada” (“Tonight You Belong to Me” o
"Love in Chains", por ejemplo) y temas especialmente melódicos y
baladas, destacando especialmente la power-ballad “Take Me Away (Together as
One)”, aunque el único single fuera la más radiable y “popera” “Hold Me, Touch
Me (Think of Me When We're Apart)”.
A la postre, la maniobra de los 4
discos no tuvo la gran repercusión esperada, y (quizá porque el público no se
los tomó como discos “serios” o “reales” de KISS) en principio pareció que
entre los cuatro no llegarían a los niveles de ventas que había tenido el
último disco conjunto. Además, aunque finalmente todos fueron certificados como
platino, con el tiempo han quedado olvidados popularmente dentro de la
discografía de KISS.
A diferencia también de sus
discos anteriores, sólo tuvieron un single de éxito (para la escala KISS) en el
“New York Groove” de Ace Frehley, lo que hace pasar su disco por el de mayor
reconocimiento de los “Solo Albums”.
Y claro, todo eso debió
convencerlos para volver al redil y grabar inminentemente otro disco como
formación. Pero el rumbo de los acontecimientos ya había cambiado, y a pesar de
las mayores ventas a las que el super-single “I Was Made For Loving You” llevó
a “Dynasty” (un disco que, significativamente, se promocionó como “el regreso
de KISS”), este disco recibió peores críticas que los anteriores y no consiguió
evitar la sensación de que los días de gloria de KISS empezaban a ir cuesta
abajo.
Porque si bien el valorar
musicalmente sus cuatro discos en solitario deja la sensación de que, de haber
construido un solo disco con lo mejor de ese material, ése podría haber sido
uno de los más grandes trabajos de su carrera; al hacer lo mismo con su disco
del ’79 éste no parece situarse claramente por encima de ninguno de los cuatro
por separado... y quizá sí por debajo, por lo menos, de los de Frehley y
Stanley.
Puede que eso hable de “las
ganas” con la que los 4 músicos se reencontraron, o de la situación en la que
se encontraban ya en los últimos momentos de Peter Criss en la banda (en esa
primera época) y en el preludio de la “larga” despedida de Ace. En definitiva,
estaban en el primero de aquellos años de transición hacia su regeneración
“ochentera” y desmaquillada.
Sea como sea, la extraña idea de
los 4 discos nos dejó un buen puñado de canciones memorables, e incluso este
disco de Paul Stanley que, si no por fama, sí por música queda muy arriba
dentro de la larga discografía de KISS.
Para acabar, un juego para el que
conozca los 4 trabajos. ¿No hubiera sido un disco excelente...por ejemplo algo así?
Hay muchos discos de bandas conocidas que son repudiados por
la misma crítica que ensalza sus otros trabajos; hay discos que son incluso
rechazados por los fans más acérrimos de esos famosos grupos, y por último hay
discos que son apartados hasta por sus autores. En el caso que nos ocupa, esta
última premisa (algo así como el colmo de la “maldición” para un álbum) se
cumple hasta el punto de eliminarlos de la discografía oficial que aparece en
su página oficial y de no utilizar nunca más un tema suyo en un directo.
Pantera son conocidos (súper-conocidos) por haber sido uno
de los más grandes grupos de metal de los 90s, por su sonido rudo, innovador y
poderoso, y por todas esas cosas que ahora no nos interesan... porque son
posteriores a la época de la que hablo.
Antes de todo eso, Pantera habían sido un poco popular grupo
de hard/heavy rock, como tantos, empapado del sonido de los 80s.
He conocido fans del grupo que incluso pensaban que “Cowboys
from Hell” (1990) era su primer disco, y a otros que –conociendo su pasado-
sencillamente lo dejaban de lado achacándolo a unos perdonables pecados “de
juventud”. En algunos casos, sin molestarse en escuchar esta época y dando por
buenas las habladurías sobre “la bochornosa era glam” del grupo.
Y bien, no es que vaya a reivindicar los tres primeros
discos de Pantera como trabajos destacables dentro de su estilo, pero sí merece
la pena romper una lanza a favor del cuarto, de nombre “Power Metal”.
Básicamente, porque a pesar de no tener esa personalidad innovadora que los
hizo famosos, es un soberbio discazo. En otro estilo (en clara evolución), pero
un discazo.
Con “Power Metal” había empezado el cambio para Pantera. A
falta de éxito dentro del hard rock mediático, el grupo quería acercarse a la
escena “power” y thrash americana que a finales de los 80s estaba llamando
tanto la atención (y que entonces quizá podría ir dentro del mismo cajón,
aunque ahora ya tengamos tan definidas las etiquetas), y en busca de la
actualización de su sonido había reemplazado al vocalista de los tres primeros
discos por un tipo, Phil Anselmo, que tenía cuchillas en la garganta.
Estaba lejos del estilo grave y “redneck” que todo el mundo
le conoce, pero por esos años ya demostraba enormes cualidades cantando de una
manera muy cercana al Halford más agudo y chillón.
Su gran actuación, una producción más pesada y las
intenciones de ir en una dirección más potente (quizás sin tener muy claro el
destino, en vista de la variedad en los temas) hicieron que el salto fuera
considerable respecto a sus trabajos anteriores.
En “Power Metal” hay heavy metal tradicional a lo Judas
Priest o Riot, quedan retazos de un hard/heavy rock más comercial (en el buen
sentido) que con el nuevo sonido puede compararse a unos Keel (cuyo guitarrista
incluso les cedió una canción) e incluso hay thrash en una senda cercana a los
Antrax de la época. Y a pesar de la amalgama suena coherente y ofrece disfrute
en todas sus vertientes, desde la radiable “We'll Meet Again” hasta la
irresistiblemente veloz “Power Metal”, o desde el carácter tradicionalmente
heavy del arranque con “Rock The World” hasta la “trashera” parte final del
álbum.
Por lo que pasó luego podemos entender que con su siguiente
disco realmente encontraron el estilo que querían, y que lo de “Power Metal” (y
lo anterior) fue “sólo” el camino de búsqueda.Posiblemente, además, un camino ovidado.
Porque si muchos de los que disfrutan de su etapa más “dura”
no aprecian tanto esta otra, y muchos de los que apreciarían este heavy metal
más clásico no se acercan por asociar el nombre del grupo a un estilo
diferente, ¿qué queda para “Power Metal”?
Pue eso. Desaparecer de su repertorio, de su discografía oficial... y
ser reivindicado de vez en cuanto en situaciones como ésta.
Vaya por delante que esta vez no se puede decir
objetivamente que esté hablando de un “gran disco”. Tampoco es que crea que Pretty
Boy Floyd tuvieran intención de hacer un gran trabajo musical, todo hay que
decirlo. Ni que quisieran crear “algo nuevo”, porque incluso dentro de una
escena de por sí poco original, en ellos eran “más que evidentes” las
influencias de Mötley Crüe o Poison. No se puede decir que tuvieran un enorme
talento, ni siquiera que tuvieran alguna de esas figuras habituales de los
grupos ochenteros de éxito, como un guitarrista especialmente virtuoso o un
cantante con unas cualidades vocales muy reconocibles.
Estos tipos, eso sí está claro, se quisieron apuntar a la
moda del sleazy y el hard rock macarra de finales de los 80s, y su gran baza
para asaltar la fama fue “la pose”.
No parece una buena carta de presentación, pero era
necesaria la aclaración porque a partir de esto se les pueden empezar a
descubrir las virtudes.Y es que algo
especial debieron tener para que éste fuera un álbum de cierta repercusión (o
al menos que contuvo singles de cierta repercusión) y que, con un cuarto de
siglo a sus espaldas, siga teniendo ese halo de “disco de culto” que le hace
ser recomendado aquí y allá entre los más aficionados a aquel estilo.
Por empezar presentándolos de alguna manera, diré que Pretty
Boy Floyd fueron cuatro tipos de Hollywood más maquillados que los Poison y
disfrazados del prototipo de “chica explosiva” de los clips de la época, con
una buscada estética andrógina, mucha connotación sexual y por bandera un
cantante al que llamaban Steve “Sex” Summers, que en lo vocal parecía imitar a
Vince Neil, pero que en lo físico era difícil de distinguir como hombre o
mujer.
Su potente maquinaria “de imagen” llegaba a impregnar un
disco de debut, el que presento, con título ambiguo a juego con el propio
nombre del grupo (“Chicos de cuero con juguetes eléctricos”), que evidenciaba
que buscaban la polémica elevando el carácter gamberro habitual de este tipo de
bandas hasta la apuesta más alta.
Lo “especial” de todo esto (por fin) es que toda la
parafernalia consiguió empapar el disco de un “rollo” ultra-fiestero, inmaduro,
quizá algo “cutre” y pasado de vueltas, pero que en definitiva sumaba para
formar un ambiente de mucho gancho y divertimento, que hoy día se puede
identificar mucho con aquella época y escena.
Para entendernos, éste es un disco del que puedes pensar que
no es gran cosa, pero que sigues teniendo ganas de pinchar... mientras sigas
teniendo ganas de fiesta. De esos que te daría cierta vergüenza proclamar como
una referencia, pero que siempre recuerdas con una sonrisa. Probad a escucharlo
-si es que no lo conocéis ya- y, después de las sensaciones iniciales o de los
juicios más racionales -que seguramente irán por otro lado-, decidme si “Your
Momma Won’t Know” o “Rock and Roll (Is Gonna Set The Night On Fire)” no se han
quedado rondando vuestras cabezas.
¿Sí? Pues eso: gancho, fiesta gamberra (aunque desde la
óptica actual parezca hasta inocente), y una manera divertida de recordar
“aquella parte” del final de los 80s.
Eso sí, para ellos -más que para nadie- fue una lástima que
toda aquella escena no durara mucho más. Porque cuando alguien se esfuerza
tanto en identificarse con algo, creando una “imagen prototípica”, está
condenado a desaparecer en cuanto cambia “el dibujo”.
Pretty Boy Floyd (su primera “encarnación”) llegó cuando
aquella etapa daba sus últimos coletazos y no les dio tiempo para mucho más que
este debut. Quizá esto también sea parte del encanto del disco, pero en fin:
Que tengan más suerte de cara a sus actuales proyectos.
Un unicornio con collar en una estancia rosa y enmarcada en
un paisaje fantástico. Dentro, la confirmación. Mágnum se habían pasado
definitivamente al AOR.
Fuera por intentar explotar de una vez por todas el tirón
popular que por fin habían empezado a conseguir con su último disco ,”On A
Storyteller’s Night”, o fuera por la influencia del “enlacado” ambiente de
aquel 1986, por excelencia año de la explosión de los cardados y demás
parafernalia de un tipo de rock duro muy concreto, los Magnum habían dejado atrás
una era... y abrían otra a lo grande.
Siempre habían sido un grupo de corte muy melódico, pero
había un trecho importante desde hacer una música que se movía entre los Queen
de los dos primeros discos (aquellos que más apostaban por el rock/hard rock
sinfónico) y los Scorpions de la misma época (entendamos con esto aquel heavy
rock radiable) a lo que proponía “Vigilante".
A estas alturas, los dos motivos apuntados parecen claros.
Por un lado, el disco se vendió más. Se coló en el Top-25 de
las listas británicas y se movió por los mismos puestos en las de media Europa,
preparando aún más el terreno para la llegada de la cima popular que tuvieron
con su siguiente (y Top-5) “Wings Of Heaven”. Y lo de “preparando el terreno”
en este caso es especialmente importante, puesto que los singles extraídos de
“Vigilante” se extendieron casi 10 meses en el tiempo, y fueron seguidos de un
recopilatorio de temas anteriores (señal de que se estaban poniendo de moda)
que casi conectó con la salida de su álbum más vendido y famoso. Si “Wings Of
Heaven” tiene tales honores, puede decirse, es en parte a “Vigilante”.
Por el otro lado, la influencia del sonido puramente
“ochentero”, o del rock más mediático de la época, es evidente. Escuchar los
teclados de "Sometime Love", por ejemplo, yrevivir la moda de las hombreras es algo que
se mezcla naturalmente. Pero en fin, también Queen y los Scorpions, por volver
a esos dos grupos que se mencionaban como bases, estaban haciendo un giro
similar a mediados de los 80s.
Pero el caso es que la jugada no les salió nada mal. Ni
comercialmente, eso ha quedado claro, ni musicalmente. Sí, puede que no sea el
mejor disco de Magnum (sin duda es uno de los mejores, aunque la magia de gusto
“más setentero” del entonces ya pretérito “Chase the Dragon” sea difícil de
igualar) pero no se puede negar que sacaron todo el partido posible a su nueva
propuesta. Y de la mejor manera: con un disco corto pero repleto de potenciales
singles en varios registros. Baladones, medios tiempos coreables, temas
movidos, estribillos pegadizos, teclados, guitarras y, cómo no, la siempre
brillante voz de Bob Catley. Puede que su trabajo en este disco, derrochando
esa característica elegancia de corte tan clásico, sea una de las grandes
razones por las que el sonido de Magnum seguía siendo, a pesar de todo,
perfectamente reconocible. Tan bien les salió que, a partir de entonces, su
trayectoria se ha visto marcada principalmente por este tipo de sonidos más
AOR.
Y fue gracias a estos temas:
"Lonely Night" — 3:48
Para empezar
el que fue el primer single. Escucharlo es entender por qué tuvo ese
privilegio.
"Need a Lot of Love" — 4:48
Relajando algo el tono, uno de los cortes más famosos del
disco y de toda su carrera, power-ballad por todo lo alto que, ojo, ni siquiera
fue single de un álbum que iba bien servido de "hits".
"Sometime Love" — 4:20
Más animado, y más estribillos pegadizos. Pegadiza y
“ochentera” hasta decir basta, hubiera sido otro excelente single.
"Midnight (You Won't Be
Sleeping)" — 4:01
Esta vez sí, aquí va el segundo single de “Vigilante”. Y
tiene todo lo que se puede pedir a un éxito de la época: entrada baladera,
subida de guitarras, estribillo animado y pegadizo, solo de saxo...
Ahora que tantas bandas triunfan recordando el sonido radiable y rockero de los
80s viene bien recordar cómo era todo esto en su estado original.
"Red on the Highway" — 4:14
Después de cuatro temas de tipo “hit” podría parecer que la
cosa se agota. Pero nada de eso. Llega uno de los temas más puramente rockeros.
Y el disco lo agradece.
"Holy Rider" — 5:17
Vuelta al sonido más relajado y muy “de la época”...
"When the World Comes Down" —
5:20
...y vuelta al hit-single con el que fuera el tercer
sencillo del disco. Otro de sus temas más conocidos y una balada de corte épico
muy del gusto de aquellos años.
"Vigilante" — 6:40
Una de las grandes virtudes del disco es su acertada
estructura. Tras un par de temas más relajados convenía algo de acción, y
“Vigilante” trae la trae de vuelta. Y sí, otro estribillo para enmarcar.
"Back Street Kid" — 5:01
Final. Y Otra joya que guardaron para el postre. 9 temas y punto. Si son
todos buenos, ¿para qué hacen falta más? Que tomen nota los productores
actuales.
Éste es un blog dedicado a las reseñas de discos catalogados como rock, hard rock y metal. En la parte inmediatamente inferior se encuentran clasificadas por los autores de los discos y en secciones. Éstas son: "Clásicos" para las críticas de discos veteranos de gran reputación dentro de su género, desglosados incluso tema a tema, "Discos Malditos" para las de aquellos discos que han recibido tradicionalmente maltrato por parte de la crítica pero que pueden ser recuperados como referentes de su estilo, y "Novedades" para las más breves presentaciones y reseñas de discos nuevos en el mercado dentro también de estos géneros.
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